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Terminé el primer borrador del guión de "Los abrazos rotos" la semana del 21 de octubre pasado. Desde entonces, escribo esto una tranquila mañana de Sábado Santo, ya voy por la sexta versión.
En mi cuaderno de notas aparece que esa misma semana de octubre murió Deborah Kerr. "Deborah Kerr muere sin saber que es Deborah Kerr", decía el titular del periódico donde leí la noticia. Imagino que no debe existir soledad mayor, ni mayor sensación de vacío que morir sin saber quien eres, pero tal vez me equivoque, ojalá me equivoque.
Tardé en apreciar el talento y la singularidad de esta actriz. Cuando era adolescente (por culpa de la austeridad manchega, supongo) vivía demasiado prisionero del glamour y la desmesura de las actrices de Hollywood, y Deborah Kerr era demasiado discreta para mi estado febril de entonces. Fue en mi edad adulta cuando descubrí la complejidad, riqueza, intensidad y sentido del humor que habitaban bajo su aparente discreción.
Aunque la filmografía de Deborah Kerr es impresionante, después de leer la noticia de su muerte, el primer personaje que me vino a la memoria fue el que interpretaba en "La noche de la Iguana", la película de Huston basada en una obra de teatro de Tennessee Williams, en concreto recordé su escena con Richard Burton, atado a una hamaca, en pleno ataque de delirium tremens.
Hannah Jelkes, el personaje de Deborah Kerr, es una solterona virgen y excéntrica (una especie de monja hippie), que viaja con un abuelo poeta, nonagenario, y que se gana la vida dibujando a carboncillo a los turistas que encuentra en su periplo (hace falta valor para representar semejante personaje sin caer en el ridículo, pero esta sensación de "estar al borde" se da mucho con los personajes de T. Williams).
Para el alcohólico y agresivo Reverendo Shannon (Richard Burton) esa mujer es lo más parecido a una extraterrestre. Sin embargo es ella la que intenta calmarle con una infusión y una charla "desenvuelta", después de que los dos chulos mulatos de Ava Gardner le hayan reducido a la fuerza, hasta que se le pase el ataque de ira, impotencia y desamparo. En estas circunstancias, Shannon le pregunta a Hannah si ha tenido alguna experiencia amorosa. Es una pregunta malintencionada, a la que ella responde con una naturalidad desarmante diciéndole que sí. Y en un monólogo que es un prodigio de encanto y sutileza le explica minuciosamente en qué consistió dicha experiencia.
"Estaba en Hong Kong", explica Hannah. En el patio del hotel donde se alojaba acababa de hacerle un retrato a un hombre gordito, calvo, insignificante y desagradable al que ella había tratado de favorecer con sus lápices. El gordito en cuestión era un australiano, representante de ropa interior. El pobre hombre se encontró tan favorecido en el dibujo, que le dio una buena propina y la invitó a dar un paseo en sampán, a lo cual ella no pudo negarse.
Cuando ya estaban solos, a bordo del sampán, el hombre se puso muy nervioso. Se acercó a ella y con voz trémula le preguntó si podía hacerle un favor, un favor enorme. Ella le dijo que sí, para animarle. Entonces el hombre se atrevió a proponerle: "¿Si me doy la vuelta, y no miro, le importaría quitarse una prenda íntima y lanzármela? Sólo para que pueda tocarla".
Burton la mira con ojos desmesurados, prácticamente olvida su ataque de delirium tremens y que está inmovilizado como un chorizo, atado a una hamaca. Pregunta, intrigadísimo, a Hannah:
"¿Hizo lo que le pidió?"
"Por supuesto", responde ella. "El no miró cuando me quité la prenda, ni yo miré cuando él la cogió".
"¿Y a ese triste, pequeño y sucio episodio le llama una experiencia amorosa?"
"Sí", responde Hannah-Kerr
"¿Y no le dio asco?"
"Nada humano me repugna, Mr. Shannon, a no ser que sea cruel o violento".

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